
Nadie supo exactamente cuándo llegó.
No apareció anunciado en ningún correo, ni figuraba en ningún pedido de material, ni nadie recordó haberlo traído. Simplemente, una mañana de diciembre, estaba allí. Sentado en una estantería alta, entre archivadores que nadie abría ya y manuales que todos juraban haber leído alguna vez.
Pequeño. Vestido de rojo. Piernas largas colgando al vacío. Sonrisa fija.
—¿Y este muñeco? —preguntó alguien.
—Será por Navidad —respondió otro, sin levantar la vista del ordenador.
Y así, con esa explicación mínima y cómoda, el duende se quedó.
En una oficina, cualquier cosa que no interrumpa el trabajo se acepta rápido. Nadie preguntó quién era responsable de retirarlo. Nadie lo anotó en ningún inventario. Nadie pensó que pudiera ser importante.
El duende observó.
Durante el día
Durante el día no se movía. Jamás.
Siempre en la misma postura, mirando al centro de la sala. Su sonrisa parecía simpática, casi infantil. Algunos le hicieron fotos. Otros lo cambiaron de sitio un par de veces por broma, pero acababa regresando a la estantería, como si ese fuera su lugar natural.
Desde allí lo veía todo.
Veía a Marta sentarse cada mañana sin ajustar la silla.
Veía a Luis inclinarse hacia delante para leer la pantalla, acercando la cara más de lo necesario.
Veía a Ana trabajar con el portátil apoyado sobre las piernas durante horas.
Veía a Carlos comer frente al teclado, sin levantarse, sin pausa real.
Veía los cables cruzando el suelo, la regleta saturada, el pasillo parcialmente invadido por cajas “provisionales”.
Nunca era nada grave ni urgente.
Las frases que lo alimentaban
El duende no se alimentaba de accidentes. En realidad, en aquella oficina no había accidentes. No al menos de los que salen en informes.
Se alimentaba de frases.
—Luego lo arreglo.
—Son cinco minutos.
—Siempre me he sentado así.
—No exageres, es solo una oficina.
—Aquí nunca pasa nada.
Cada vez que alguien pronunciaba una de esas frases, el duende parecía sonreír un poco más.
La noche
Por la noche, cuando la oficina quedaba vacía y solo se escuchaba el zumbido lejano de algún equipo que nunca se apagaba del todo, el duende se movía.
No hacía ruido.
No tiraba cosas.
No rompía nada.
Su travesura era mínima. Casi invisible.
Giraba una silla unos grados.
Desplazaba un reposapiés unos centímetros.
Dejaba un archivador ligeramente fuera de alineación.
Movía una caja justo lo suficiente para estrechar el paso.
Nada peligroso por sí solo.
Peligroso cuando nadie se daba cuenta.
El primer día distinto
Una mañana, Marta llegó con dolor de cuello.
—No he dormido bien —dijo.
Se sentó como siempre. El duende la miró desde arriba.
A media mañana, Luis se levantó a por café con la espalda rígida.
—Estoy fatal hoy.
Ana se frotó los ojos.
—Tengo la cabeza como un bombo.
Nadie relacionó nada.
No había accidente.
No había incidente.
No había causa clara.
El duende seguía sonriendo.
La normalidad como riesgo
En aquella oficina no había grandes peligros. No había máquinas, ni alturas, ni ruido ensordecedor.
Había algo mucho más difícil de ver: la desidia.
Horas sin pausas.
Posturas mantenidas.
Pantallas mal colocadas.
Iluminación aceptable, pero mejorable.
Estrés normalizado.
La normalidad era el riesgo.
Y el duende se movía cómodo en ese terreno.
El día que alguien miró distinto
Clara llegó un lunes.
No hizo ruido al entrar. No pidió atención. No dio instrucciones.
Se sentó.
Y miró.
Miró cómo estaban colocadas las mesas.
Miró cómo trabajaban las personas.
Miró cuánto tiempo pasaba sin que nadie se levantara.
Miró los gestos pequeños: hombros encogidos, mandíbulas tensas, miradas cansadas.
El duende sintió algo nuevo.
Incomodidad.
Las preguntas
Clara no dijo “esto está mal”.
Preguntó.
—¿Esta silla es cómoda para ti?
—¿A qué altura tienes la pantalla?
—¿Cuántas horas seguidas sueles estar sentado?
—¿Te levantas a menudo?
Las preguntas descolocaron.
—Bueno… nunca lo he pensado —respondió alguien.
—Es lo que hay —dijo otro.
—Siempre hemos trabajado así.
El duende escuchaba.
La primera corrección
Al día siguiente, Marta ajustó la altura de la silla.
No fue una revolución.
No hubo anuncio.
Solo un gesto pequeño.
Luis levantó la pantalla con unos libros.
Ana decidió levantarse a hablar con un compañero en lugar de enviar un correo.
El duende, por primera vez, notó que algo se le escapaba.
La conversación incómoda
Un día, alguien dijo en voz alta:
—Oye, igual deberíamos levantarnos un poco más a menudo.
Silencio.
Luego otro añadió:
—Sí… yo acabo molido.
No fue una queja.
No fue una exigencia.
Fue una conversación.
El duende odiaba las conversaciones.
Intento de resistencia
Esa noche, el duende se esforzó.
Desplazó varias sillas.
Cruzó un cable un poco más de lo habitual.
Dejó una caja en medio del paso.
Por la mañana, alguien lo vio.
—Esto no debería estar aquí.
Lo retiró.
Sin enfado.
Sin broma.
Sin foto.
El duende sintió que encogía.
Cuando nadie se ríe
Durante días, nadie habló del duende.
Seguía allí, pero ya no era gracioso.
Ya no llamaba la atención.
La gente se levantaba más.
Ajustaba mejor el puesto.
Comentaba molestias antes de que fueran dolores.
El duende observaba, cada vez más pequeño.
El verdadero viaje nocturno
Por la noche, el duende seguía viajando.
No iba al Polo Norte.
No informaba a nadie.
Viajaba a un lugar silencioso y personal:
la conciencia.
Allí no había bromas.
Solo preguntas:
—¿Me cuido en el trabajo?
—¿Cuido a los demás?
—¿Normalizo cosas que me pasan factura?
Cada “sí” lo debilitaba.
Cada “bah, no pasa nada” lo mantenía con vida.
La desaparición
Una mañana, el duende ya no estaba.
Nadie supo cuándo se fue.
Nadie lo retiró conscientemente.
Simplemente, no estaba.
—¿Dónde está el muñeco? —preguntó alguien.
—Ni idea —respondieron.
Y siguieron trabajando.
Mejor.
Lo que quedó
El duende no dejó regalos.
No dejó notas.
No dejó moralejas escritas.
Dejó hábitos.
Dejó conversaciones abiertas.
Dejó menos silencios incómodos.
Dejó la idea de que la prevención también vive en una oficina.
El último secreto
Dicen que el duende no ha desaparecido del todo.
Que sigue buscando oficinas donde nadie se levanta, donde nadie pregunta, donde el cansancio se asume como parte del sueldo.
Y que cuando las encuentra, vuelve a sentarse en una estantería.
Sonriendo.
Esperando.
Cierre
Porque en prevención, el mayor riesgo no siempre se ve.
A veces está sentado delante de una pantalla, ocho horas al día, convencido de que no pasa nada.















