Los trastornos de ansiedad no son “nervios” ni una moda. Son, hoy, uno de los problemas de salud mental más frecuentes y con mayor impacto en la vida diaria y en el rendimiento laboral. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que en 2021 la ansiedad afectó a 359 millones de personas en el mundo y que, pese a existir tratamientos eficaces, solo una parte de quienes lo necesitan llega a recibir atención.
En España, los datos oficiales sitúan el trastorno de ansiedad como el problema de salud mental más frecuente, con una prevalencia del 6,7% (más alta en mujeres que en hombres).
En este contexto, la mutua Umivale Activa ha difundido una campaña informativa dirigida a mejorar el reconocimiento de la ansiedad, identificar señales y ofrecer pautas prácticas para actuar ante un episodio.
Ansiedad no es estrés: la diferencia importa
La campaña insiste en una idea clave: estrés y ansiedad no son lo mismo. El estrés suele vincularse a un estímulo identificable y presente (una carga puntual, una urgencia, una situación concreta). La ansiedad, en cambio, tiende a ser persistente, anticipatoria y centrada en “lo que puede pasar”, con una sensación de amenaza desproporcionada incluso en situaciones cotidianas.
En el entorno laboral, confundir ambos conceptos puede llevar a errores habituales: normalizar síntomas, retrasar la intervención o reducirlo todo a “gestión emocional individual” cuando existen factores organizativos que alimentan el problema.
Señales de alerta: lo que suele verse en la empresa
La campaña resume síntomas que pueden aparecer de forma combinada y sostenida:
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Cognitivos: dificultad para concentrarse, pensamientos intrusivos, sensación de nerviosismo constante, percepción de amenazas donde no las hay.
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Físicos/somáticos: tensión muscular, palpitaciones, temblores, náuseas, sequedad de boca, alteraciones del sueño, fatiga.
Ojo: que una persona “siga trabajando” no significa que esté bien. Muchas veces el primer indicador real en la empresa es el cambio de comportamiento (evitación, irritabilidad, descenso de rendimiento, errores, aislamiento) o el aumento de consultas médicas por síntomas difusos.
Prevención realista: hábitos, organización y ayuda profesional
Las recomendaciones se mueven en tres planos:
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Cuidado personal: reducir estimulantes como cafeína y alcohol, incorporar actividad física regular y proteger el sueño.
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Gestión mental: priorizar tareas, identificar disparadores, entrenar atención plena.
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Ayuda profesional: la evidencia señala la terapia cognitivo-conductual como una de las opciones más eficaces; cuando procede, el tratamiento farmacológico debe estar siempre supervisado por personal médico.
Desde una mirada preventiva (PRL), el matiz importante es este: la empresa puede y debe actuar sobre factores que disparan o sostienen la ansiedad en el trabajo (cargas inasumibles, falta de control, ambigüedad de rol, turnos, hiperconectividad, conflictos mal gestionados). Si solo se pide “resiliencia”, el riesgo vuelve.
Qué hacer ante un ataque de ansiedad: pasos simples
Los episodios agudos suelen durar minutos. La campaña propone pautas de anclaje y respiración para recuperar control:
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Reconocer: “Es ansiedad; es desagradable, pero no es peligrosa”.
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Anclaje corporal: pies en el suelo, notar apoyos.
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Técnica 5-4-3-2-1 (grounding): 5 cosas que ves, 4 que tocas, 3 que oyes, 2 que hueles, 1 que saboreas.
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Respiración controlada: inhalación breve y exhalación más larga para reducir activación.
En paralelo, si los síntomas son frecuentes, intensos o interfieren con la vida diaria, el mensaje es claro: hay que pedir valoración sanitaria.















