Antes de que existieran las evaluaciones de riesgos, los planes de prevención o la legislación en seguridad y salud laboral, el trabajo ya enfermaba, lesionaba y mataba. El cuarto estado (1901), de Giuseppe Pellizza da Volpedo, es una de las representaciones más lúcidas y crudas de esa realidad previa a la prevención moderna.
La escena es sencilla y, precisamente por eso, poderosa: una masa de trabajadores avanza con paso firme, encabezada por un hombre, una mujer y un niño. No hay máquinas visibles ni accidentes explícitos, pero el mensaje es inequívoco: jornadas extenuantes, esfuerzo físico continuado, trabajo infantil y ausencia total de protección social. Todo aquello que hoy identificaríamos como riesgo laboral aparece aquí como normalidad.
Desde una perspectiva preventiva actual, la obra permite una lectura especialmente incómoda: los riesgos laborales no nacen por fallos técnicos, sino por decisiones organizativas y sociales. En El cuarto estado no hay cascos, ni guantes, ni señalización… pero tampoco hay derechos, ni descanso, ni reconocimiento del daño. El riesgo no es un evento puntual: es estructural.
La prevención de riesgos laborales surge, precisamente, como respuesta a este tipo de contextos. Primero desde el conflicto social, después desde la regulación, y mucho más tarde desde la técnica. La pintura nos recuerda que la seguridad no es un añadido al trabajo, sino una condición previa para que el trabajo sea digno y sostenible.
Otro elemento clave es la presencia del niño. Su inclusión no es anecdótica: evidencia una época en la que la protección de la salud estaba completamente desvinculada de la organización del trabajo. Hoy hablamos de colectivos especialmente sensibles; entonces, simplemente no existía ese concepto.
Más de un siglo después, El cuarto estado sigue interpelando a la prevención actual. Porque, aunque el contexto ha cambiado, persiste un riesgo silencioso: creer que la prevención es solo documentación, cumplimiento o técnica. La obra nos recuerda que cuando la gestión prioriza únicamente la producción, el riesgo vuelve a convertirse en norma.
En definitiva, esta pintura no habla de prevención en términos normativos, pero sí de su razón de ser. La prevención no nace para evitar sanciones, sino para evitar que el trabajo vuelva a parecerse demasiado a esta escena.














