InicioActualidadAterrizando la percepción del riesgo en las empresas

Aterrizando la percepción del riesgo en las empresas

Autores:

Alejandro Quintana Rivero – Ingeniero Técnico Telecomunicación, Técnico Superior PRL tres especialidades, Consultor de Prevención en Fraternidad-Muprespa

Víctor Fernández Rodríguez – Ingeniero Técnico de Minas, Técnico Superior PRL tres especialidades, Consultor de Prevención en Fraternidad-Muprespa

Jesús Manuel López Pérez – Ingeniero Técnico Forestal, Técnico Superior PRL tres especialidades, Consultor de Prevención en Fraternidad-Muprespa

“NO PUEDO MÁS, ÉSTO ES FRUSTRANTE”… Esta frase me la dijo hace unas semanas una amiga que salía de un instituto tras impartir una charla sobre comportamientos seguros para evitar enfermedades de transmisión sexual, pero percibía que a los asistentes (adolescentes todos ellos) no les estaba llegando lo que les quería transmitir. Según ella, ni siquiera entendían lo que les contaba. “Parece que no hablamos el mismo idioma”, me dijo.

Ese comentario provocó una resonancia en mi cerebro. Seguro que todos nos hemos sentido exactamente igual muchas veces al impartir formación en PRL, o al intentar explicar a trabajadores el contenido de su evaluación de riesgos. Y llevo años escuchando a mandos intermedios que se sienten frustrados porque no consiguen transmitir correctamente instrucciones de seguridad a sus equipos. No hablamos el mismo idioma, el mensaje no llega.

Esa dificultad para transmitir ideas de seguridad o salud es multicausal, pero hoy me centraré en la causa básica que está detrás. ¿Sabemos si las personas a las que nos dirigimos perciben el riesgo igual que lo percibimos nosotros? Porque si no hemos hecho este análisis previo es muy probable que estemos predicando en el desierto. Les estaremos hablando en un idioma que no comprenden (¿por qué me voy a proteger de algo que para mi no existe?). Hay estudios (como el de Klein y Wenstein, 1997) que demuestran que la única forma de que las personas entiendan la necesidad de adoptar conductas seguras es convencerlas antes de la existencia real de un peligro objetivo. Si no damos ese primer paso de forma previa, las posibilidades de fracaso se disparan. Es evidente que si no perciben el riesgo, no se protegerán contra él.

Pero ¿en qué consiste la percepción del riesgo? Existen fundamentalmente dos marcos teóricos que tratan de explicar el concepto de Percepción del Riesgo. Por un lado está el Modelo de Creencias de la Salud (MCS) de Maninman y Becker y por otro lado está la Teoría de la Acción Razonada (TAR) de Fishbein y Azjen. Sin entrar a definir ambos marcos en profundidad, podemos resumirlos así:

  • El MCS trata de explicar las conductas preventivas (o su ausencia) en función de la amenaza percibiday del balance entre costes y beneficios de esas conductas.
  • El TAR sin embargo tiene como eje explicativo de las conductas el concepto de intención, que a su vez se ve influenciado por la presión que ejerce el entorno de la persona.

Ambos modelos tienen lagunas por el excesivo peso que le dan a la respuesta cognitiva individual en detrimento de otras variables psico y sociológicas.

Además está ampliamente demostrada la presencia de otro sesgo que modula enormemente la percepción individual del riesgo (sirva como ejemplo realizado conjuntamente por la Universidad Autónoma de Madrid y por la Universidad del País Vasco sobre estudiantes de Psicología, 1998). Se trata del Optimismo Ilusorio. Consiste en la tendencia natural que tenemos los individuos para considerar menos probable que suframos un suceso negativo que el resto de nuestros semejantes (ilusión de invulnerabilidad). Y también funciona en la dirección contraria, tenemos tendencia a considerar más probable que nos sucedan cosas positivas en el futuro a nosotros que a aquellos que nos rodean (optimismo irreal).

Para superar estas limitaciones se han propuesto varios modelos (el paradigma psicométrico, la teoría cultural del riesgo, la teoría de la amplificación social del riesgo…). Todos ellos tienen algo en común: explican los comportamientos arriesgados no sólo desde el punto de vista cognitivo de la persona que los lleva a cabo, sino teniendo en cuenta factores de índole psicosocial (la cultura preventiva en la que está inmersa esa persona). Esos factores son capaces de modular esa conducta “puramente cognitiva”.

Pensemos en lo siguiente: ¿cómo viajaban los niños en los coches en los años 80? Pues en los asientos traseros y sin ningún tipo de fijación (aunque parezca mentira, los cinturones de seguridad traseros no fueron obligatorios hasta 1992). Si en la familia había dos niños, iban dos. Pero si había cinco, los cinco iban apretados atrás sentados incluso unos encima de otros. Y nadie se escandalizaba por eso. Era lo normal.

¿Cómo es que ahora al pensarlo se nos ponen los pelos de punta? ¿Acaso los padres de los años 80 eran TODOS temerarios y los de ahora son TODOS prudentes?

Es evidente que si analizáramos exclusivamente la dimensión cognitiva individual de cada padre, no tendríamos una respuesta válida. La respuesta la tenemos cuando analizamos la dimensión cultural. Lo que ha ocurrido es que  la sociedad ha ido evolucionando durante estos años y lo que antes nos parecía un “riesgo normal” ahora nos parece un “riesgo inaceptable”. Es evidente que la cultura preventiva social se impone claramente a la percepción del riesgo individual.

Pues pensemos ahora en las empresas. Una organización no es más que una “minisociedad” que desarrolla en su interior su propia cultura preventiva. Piensen en el poder que ésto implica. Si trabajamos adecuadamente la cultura preventiva corporativa, podremos conseguir que todos los trabajadores de la organización vayan modulando la forma en la que perciben los riesgos a los que están expuestos y lograr de esta forma que su respuesta ante esos riesgos sea homogénea y adecuada (tal y como ha pasado con los padres actuales respecto a los de hace 40 años).

Una correcta cultura preventiva en la empresa tendrá mucha más influencia en las decisiones diarias de los trabajadores que la percepción individual del riesgo de cada uno de ellos, muchas veces errónea y origen de un gran número de accidentes laborales.

Desarrollando una cultura preventiva real en nuestras organizaciones conseguiremos que todos los componentes de las mismas hablemos el mismo idioma y percibamos los riesgos de forma similar. El esfuerzo merece la pena.

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