La electricidad sigue siendo uno de los riesgos más traicioneros en el trabajo. No suele estar entre los accidentes más frecuentes, pero sí entre los que más capacidad tienen para provocar lesiones graves, incapacidades permanentes y muertes en segundos. En España, la categoría de “contacto con corriente eléctrica, fuego, temperatura y sustancias peligrosas” representó el 3,9% de las formas de accidente con baja en jornada de trabajo en 2024, pero en los accidentes mortales esa proporción fue del 2,4%, lo que confirma que estamos ante exposiciones menos habituales, pero con una gravedad desproporcionada.
El problema empieza muchas veces con un error de percepción. Se piensa en riesgo eléctrico y se imagina al electricista trabajando sobre un cuadro, pero la exposición real va mucho más allá: mantenimiento, construcción, limpieza, logística, industria, agricultura, oficinas, sanidad o trabajos temporales en obra. La electricidad aparece en instalaciones fijas, equipos portátiles, alargaderas, cuadros, baterías, líneas aéreas, ambientes húmedos o zonas con atmósferas potencialmente explosivas. El riesgo no depende solo del voltaje. También influyen la intensidad, el tiempo de contacto, el recorrido de la corriente a través del cuerpo, la resistencia eléctrica corporal, la humedad y la frecuencia.
Qué daños puede provocar
El riesgo eléctrico no se limita al “calambrazo”. Puede causar electrocución, choque eléctrico, tetanización muscular, paro respiratorio, fibrilación ventricular, quemaduras internas y externas, lesiones oculares por arco eléctrico, incendios, explosiones y caídas secundarias tras una contracción brusca o una pérdida de control. El CDC/NIOSH resume las lesiones eléctricas en cuatro grandes grupos: electrocución, shock eléctrico, quemaduras o arco eléctrico y caídas desde altura; además, señala que las caídas mortales suelen estar relacionadas con contacto con líneas aéreas, especialmente mediante escaleras.
Dónde se concentran los fallos
En la práctica, muchos accidentes no se producen por una única causa, sino por una cadena de fallos. Se repiten patrones muy conocidos: instalaciones mal mantenidas, defectos de aislamiento, diferenciales que no actúan, ausencia o deterioro de la puesta a tierra, cables dañados, herramientas inadecuadas, presencia de agua, improvisación, sobrecarga de enchufes, manipulación sin verificar ausencia de tensión y exceso de confianza en tareas rutinarias. A esto se añade un problema organizativo: procedimientos incompletos o que no se aplican de verdad, formación insuficiente y falta de control sobre quién puede intervenir y quién no. El propio INSST insiste en que la protección frente al riesgo eléctrico debe basarse en la evaluación previa del trabajo, de la instalación y del entorno.
Los sectores más expuestos
Los datos internacionales son consistentes. NIOSH indica que, entre 2018 y 2020, las mayores tasas de lesiones por exposición a la electricidad con baja se dieron en utilities y construcción, y que entre 2020 y 2022 el mayor número de electrocuciones se concentró en construcción, manufactura y trade, transportation and utilities. En Reino Unido, la HSE sigue reportando en torno a 1.000 accidentes eléctricos laborales al año y alrededor de 25 fallecimientos anuales, lo que refuerza una idea clave: no es un riesgo masivo, pero sí persistentemente letal.
Medidas preventivas que de verdad marcan la diferencia
La primera es tan obvia como incumplida: siempre que sea posible, el trabajo debe hacerse sin tensión. Ese es el criterio preventivo central. Cuando no queda más remedio que intervenir, la decisión debe justificarse técnicamente, no por comodidad ni por prisas. En los trabajos sin tensión sigue siendo esencial aplicar con rigor las conocidas cinco reglas: desconectar, prevenir cualquier realimentación, verificar la ausencia de tensión, poner a tierra y en cortocircuito cuando proceda, y proteger o señalizar frente a elementos próximos en tensión.
La segunda medida clave es el control técnico de la instalación: diferenciales operativos, magnetotérmicos adecuados, puesta a tierra efectiva, equipos compatibles con el entorno, aislamiento correcto, revisiones periódicas y mantenimiento real, no meramente documental. En lugares húmedos, conductores, polvorientos, corrosivos o con riesgo de explosión, el nivel de exigencia debe ser todavía mayor.
La tercera es la competencia de las personas. No todo trabajador puede intervenir sobre una instalación o trabajar en proximidad de elementos en tensión. La formación debe ser específica para la tarea, el entorno y el nivel de exposición. Y además debe ir acompañada de procedimientos escritos, permisos de trabajo cuando correspondan, supervisión y delimitación clara de zonas de peligro.
La cuarta es no infravalorar el arco eléctrico ni los riesgos indirectos. El arco no necesita contacto directo para causar quemaduras severas. Y en ciertos procesos, la electricidad estática puede convertirse en foco de ignición. Por eso, en zonas con atmósferas explosivas, además de equipos adecuados, deben adoptarse medidas de control de cargas electrostáticas, conexión a tierra, verificación de atmósfera y procedimientos reforzados.
La prevención no se juega solo en el cuadro eléctrico
El gran error es pensar que el riesgo eléctrico se resuelve con un diferencial, un cartel de advertencia y unos guantes. No. Se resuelve cuando la organización decide que no se improvisa, que no se manipula sin autorización, que no se trabaja con equipos defectuosos, que no se invade una zona peligrosa y que la continuidad del servicio nunca puede justificar una chapuza.
La electricidad no perdona porque actúa rápido, porque muchas veces no se ve y porque no deja margen para corregir durante el error. En prevención, eso obliga a una conclusión incómoda pero necesaria: frente al riesgo eléctrico, la confianza mata y el procedimiento salva.















