
La creación de contenido para redes sociales suele presentarse como una actividad creativa, flexible y deseable. Sin embargo, cuando se analiza desde la prevención, aparece otra realidad: puede convertirse en un trabajo con cargas mentales elevadas, presión continua por el rendimiento, exposición pública constante, jornadas prolongadas, sedentarismo y uso intensivo de pantallas. La revisión publicada en 2025 en JMIR Public Health and Surveillanceconcluye que, aunque la evidencia todavía es escasa, el impacto descrito con mayor frecuencia en creadores de contenido se concentra en la salud mental, con presencia de burnout, ansiedad, depresión, alteraciones del sueño, malestar emocional, problemas de autoestima y, en algunos estudios, dolor crónico o trastornos de la conducta alimentaria.
El interés preventivo de esta cuestión no es menor. La propia OMS recuerda que los entornos laborales deficientes, con cargas excesivas, escaso control, inseguridad laboral, comportamientos negativos, violencia o acoso, representan un riesgo para la salud mental, y recomienda actuar sobre las condiciones y el entorno de trabajo, no limitarse a intervenciones individuales. En paralelo, el informe conjunto JRC/EU-OSHA sobre digitalización y bienestar laboral advierte de que las tecnologías digitales pueden intensificar la carga de trabajo, reducir la autonomía e incentivar una cultura de disponibilidad permanente.
En el caso de los creadores de contenido, varios de esos factores coinciden de forma especialmente clara. El artículo de JMIR describe una combinación de largas jornadas, conexión constante, incertidumbre, escrutinio público y exigencia de mantener presencia continua en plataformas, además de riesgos ergonómicos ligados a pantallas, posturas mantenidas y movimientos repetitivos. Esa combinación encaja con lo que la OMS identifica como factores clásicos de riesgo psicosocial: exceso de carga, falta de control, horarios prolongados, apoyo insuficiente, cultura organizativa negativa o conflicto entre trabajo y vida personal.
La ciencia reciente apunta en la misma dirección. Una revisión de 2024 en Journal of Occupational Health subraya que todavía sabemos muy poco sobre la salud mental de los influencers como grupo ocupacional específico, pese a que su actividad se desarrolla precisamente en un contexto de uso intensivo de redes, autoexposición y presión continua por estar conectados. Además, un estudio transversal publicado en 2024 en Digital Health encontró que, entre influencers, pasar más tiempo en redes sociales y manejar mayores niveles de popularidad se asociaba con peor estado emocional y con indicadores problemáticos en el ámbito relacional, lo que refuerza la hipótesis de una carga psicosocial real en esta actividad.
Principales riesgos laborales
El primer bloque de riesgo es psicosocial. La necesidad de publicar con frecuencia, responder a la audiencia, mantener métricas, sostener vínculos parasociales, negociar con marcas y no perder relevancia puede generar fatiga emocional, hiperactivación, ansiedad anticipatoria y agotamiento. La revisión de JMIR identifica precisamente burnout, ansiedad, depresión, problemas de sueño y malestar emocional como los procesos más repetidos en la literatura revisada.
El segundo bloque es organizativo. Aunque muchos creadores trabajan por cuenta propia, eso no elimina el riesgo; en algunos casos incluso lo agrava. La ausencia de horarios claros, la fusión entre espacio personal y espacio de trabajo, la dificultad para desconectar y la dependencia de ingresos variables favorecen dinámicas de autoexplotación, ampliación de jornada y descanso insuficiente. La OMS incluye entre los riesgos para la salud mental los horarios excesivamente prolongados o inflexibles, la inseguridad laboral y las demandas conflictivas entre vida laboral y personal.
El tercer bloque es ergonómico y físico. El trabajo continuado ante pantallas, las posturas forzadas, el sedentarismo y los movimientos repetitivos pueden favorecer molestias musculoesqueléticas, fatiga visual y problemas físicos asociados a una actividad muy intensiva en dispositivos. El artículo base insiste en que sería un error reducir el impacto de este trabajo sólo a la salud mental, porque también existen riesgos físicos derivados del modo en que se realiza.
Qué medidas preventivas son razonables
Desde una perspectiva técnica, la primera medida no debería ser “gestionar mejor el estrés”, sino identificar y corregir las condiciones que lo generan. La OMS recomienda intervenir sobre el entorno de trabajo mediante acciones que evalúen y después mitiguen, modifiquen o eliminen los riesgos psicosociales. Aplicado a creadores de contenido, esto implica establecer límites operativos claros: horarios de trabajo definidos, ventanas de desconexión real, planificación de publicaciones, pausas obligatorias y criterios para evitar que la actividad se convierta en disponibilidad permanente.
La segunda medida es reforzar la higiene organizativa del trabajo digital. El informe JRC/EU-OSHA advierte de que la digitalización puede intensificar la carga y consolidar una cultura “always-on”. Por tanto, conviene introducir prácticas de prevención muy concretas: limitar el tiempo de exposición continua a redes, programar descansos, separar tiempos de producción y tiempos de interacción, y evitar que la monitorización constante de métricas marque toda la jornada.
La tercera medida es la prevención ergonómica. Aquí las recomendaciones son clásicas, pero siguen siendo necesarias: puesto de trabajo ajustado, pantalla a altura adecuada, silla con apoyo correcto, alternancia postural, pausas breves y frecuentes, reducción del tiempo sedentario y control del uso repetitivo de dispositivos. El propio artículo de JMIR insiste en la necesidad de mejorar las condiciones ergonómicas y promover descansos regulares para reducir los efectos de la actividad prolongada frente a pantallas.
La cuarta medida es la vigilancia de señales de deterioro. Trastornos del sueño, irritabilidad, cansancio persistente, dificultad para desconectar, pérdida de interés, ansiedad anticipatoria antes de publicar o revisar comentarios, y sensación de culpa por no producir pueden funcionar como indicadores de alerta. La literatura revisada en JMIR recoge varios de estos signos como parte del cuadro de burnout y ansiedad en creadores de contenido.
La quinta medida es el apoyo estructurado, no sólo individual. La OMS recomienda capacitar a quienes supervisan personas para detectar dificultades y responder mejor a ellas, además de facilitar ajustes razonables y programas de apoyo cuando aparecen problemas de salud mental. En equipos de creación, agencias, productoras o estructuras con representación comercial, eso debería traducirse en cargas sostenibles, expectativas realistas, protocolos frente a acoso digital y apoyo profesional cuando el desgaste ya es evidente.
La evidencia aún no es abundante, y conviene no exagerarla. Pero sí es ya lo bastante consistente como para afirmar algo importante: la creación de contenido no es sólo una actividad digital; también puede ser una actividad laboral con riesgos psicosociales y ergonómicos reales. La revisión científica disponible apunta sobre todo a daños en salud mental, mientras que la OMS y EU-OSHA refuerzan el marco preventivo general: cuando hay sobrecarga, falta de control, inseguridad, exposición permanente y ausencia de desconexión, el trabajo puede deteriorar la salud.
En otras palabras, el problema no es “trabajar en redes” en sí mismo. El problema aparece cuando ese trabajo se organiza como una carrera sin pausas, sin límites y sin recuperación. Y ahí, la prevención ya no debería mirar hacia otro lado.
Fuente: Martinez-Aguirre S, Sanz-Valero J, Ronda-Pérez E
Pathological Processes Among Content Creators on Social Media: Scoping Review
JMIR Public Health Surveill 2025;11:e76708
URL: https://publichealth.jmir.org/2025/1/e76708
DOI: 10.2196/76708















