La ergonomía no nació en las oficinas modernas ni con las sillas “gaming”. Tampoco comenzó con el teletrabajo o las pantallas. Su origen está ligado a uno de los grandes problemas industriales del siglo XX: cómo conseguir que las personas trabajaran más tiempo, con menos errores y menos fatiga en entornos de producción cada vez más intensivos.
La historia de la ergonomía es, en realidad, la historia de cómo el trabajo fue obligando a rediseñar la relación entre las personas, las máquinas y las organizaciones.
El inicio: producción en masa y fatiga obrera
A comienzos del siglo XX, la expansión de las cadenas de montaje transformó radicalmente el trabajo industrial. El modelo impulsado por Henry Ford multiplicó la productividad, pero también introdujo movimientos repetitivos, ritmos de trabajo rígidos y una elevada fatiga física.
Durante décadas, muchos problemas musculoesqueléticos fueron interpretados como debilidad individual o falta de adaptación del trabajador. Sin embargo, poco a poco comenzó a evidenciarse que el verdadero problema estaba en el diseño del trabajo.
La biomecánica, la fisiología del trabajo y posteriormente la psicología industrial empezaron a estudiar cómo influían:
- la repetición,
- las posturas forzadas,
- el esfuerzo físico,
- la carga mental,
- el ruido,
- la iluminación,
- y los tiempos de trabajo.
Diversos autores sitúan el desarrollo moderno de la ergonomía tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente en Reino Unido, donde en 1949 se creó la “Ergonomics Research Society”, considerada una de las primeras organizaciones científicas específicas del ámbito ergonómico.
La guerra aceleró la ergonomía
Uno de los aspectos menos conocidos de la historia de la ergonomía es su fuerte relación con la aviación militar y los sistemas complejos desarrollados durante la guerra.
Muchos accidentes no se producían por fallos mecánicos, sino porque los pilotos confundían mandos, interpretaban mal indicadores o trabajaban bajo niveles extremos de carga mental y fatiga.
Esto impulsó una idea revolucionaria para la época:
el ser humano debía ser tenido en cuenta como parte central del diseño del sistema.
La ergonomía dejó entonces de centrarse únicamente en el esfuerzo físico y comenzó a estudiar también:
- percepción,
- atención,
- toma de decisiones,
- memoria,
- errores humanos,
- interacción persona-máquina.
La International Ergonomics Association (IEA) define actualmente la ergonomía como la disciplina científica que estudia las interacciones entre las personas y los elementos de un sistema, aplicando principios y métodos orientados a optimizar el bienestar humano y el rendimiento global del sistema.
De la fábrica a la oficina
Durante los años 70, 80 y 90, la ergonomía empezó a trasladarse masivamente al trabajo de oficina.
La expansión de los ordenadores introdujo nuevos problemas:
- dolor cervical,
- lesiones de muñeca,
- fatiga visual,
- sedentarismo,
- sobrecarga postural,
- y trastornos musculoesqueléticos asociados al uso intensivo de pantallas.
Organismos como NIOSH y OSHA desarrollaron guías específicas para prevenir trastornos musculoesqueléticos relacionados con el trabajo.
La famosa ecuación NIOSH para manipulación manual de cargas se convirtió en una referencia internacional en prevención ergonómica.
A partir de ese momento, la ergonomía comenzó a consolidarse como una disciplina estratégica dentro de la seguridad y salud laboral.
El gran cambio: la ergonomía cognitiva
Sin embargo, el verdadero salto conceptual llegó cuando el problema dejó de ser únicamente físico.
Con la digitalización apareció una nueva dimensión:
- exceso de información,
- multitarea,
- interrupciones constantes,
- hiperconectividad,
- fatiga mental,
- sobrecarga cognitiva,
- y pérdida de atención sostenida.
La ergonomía moderna empezó a analizar no solo cómo trabaja el cuerpo, sino también cómo trabaja el cerebro.
Actualmente, la ergonomía cognitiva estudia aspectos como:
- carga mental,
- toma de decisiones,
- interacción humano-computador,
- estrés,
- fiabilidad humana,
- diseño de interfaces,
- y rendimiento en sistemas complejos.
Teletrabajo: el nuevo laboratorio ergonómico
La pandemia aceleró uno de los mayores experimentos laborales de la historia reciente: millones de personas comenzaron a trabajar desde casa de manera repentina.
Y con ello aparecieron nuevos riesgos:
- mesas improvisadas,
- malas condiciones posturales,
- incremento del sedentarismo,
- jornadas más largas,
- aislamiento,
- y difuminación entre vida laboral y personal.
Las investigaciones más recientes muestran una elevada prevalencia de molestias musculoesqueléticas en trabajadores en remoto, especialmente en cuello, espalda, hombros y extremidades superiores.
La Agencia Europea para la Seguridad y Salud en el Trabajo también ha alertado sobre los riesgos ergonómicos asociados al teletrabajo y la necesidad de integrar factores físicos, organizativos y psicosociales.
El gran error: reducir la ergonomía a una silla
Después de más de 100 años de evolución, quizá el principal problema actual es que muchas organizaciones siguen entendiendo la ergonomía de forma extremadamente limitada.
La ergonomía no consiste únicamente en comprar sillas o ajustar pantallas.
También implica:
- diseñar cargas de trabajo sostenibles,
- reducir interrupciones,
- organizar descansos,
- mejorar herramientas digitales,
- adaptar horarios,
- disminuir la fatiga mental,
- y diseñar sistemas compatibles con las capacidades humanas reales.
Porque la gran lección histórica de la ergonomía sigue siendo la misma:
cuando el trabajo está mal diseñado, el problema no suele ser el trabajador.
Fuentes y referencias recomendadas
- International Ergonomics Association (IEA)
- NIOSH Ergonomics and Work-Related Musculoskeletal Disorders
- OSHA Ergonomics Overview
- OSHwiki – Musculoskeletal disorders and telework
- Historia de la Ergonomía – Dialnet
- Telework-related risk factors for musculoskeletal disorders (PubMed)















