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Comunicar también es prevenir: cuando liderazgo, cultura y gobernanza se encuentran

Laura Rodríguez Otiñano

Autora: Laura Rodríguez Otiñano. Doctoranda en la UCO y Docente en la Academia Vasca de Policía y Emergencias (AVPE)

Comunicamos constantemente. Un cambio, una decisión, una felicitación, una nueva responsabilidad, una rectificación o una respuesta que no coincide con lo esperado. Buena parte de la vida de una organización transcurre precisamente así: personas comunicándose con otras personas para entender qué ocurre, qué se espera de ellas y hacia dónde se dirige el trabajo colectivo.

Quizá por ser algo tan cotidiano tendemos a restarle importancia. Sin embargo, la forma en que una organización comunica condiciona cómo las personas viven aquello que sucede dentro de ella. Una buena noticia puede disfrutarse cuando llega a tiempo y se explica con claridad; también puede llegar después de tanta incertidumbre que la primera sensación sea simplemente alivio. Del mismo modo, una decisión desfavorable puede generar decepción y, aun así, ser comprendida y gestionada de otra manera cuando existe contexto y posibilidad de aclaración.

Por eso no importa únicamente qué comunicamos, sino también cómo hacemos vivir a las personas aquello que comunicamos.

Informar no es comunicar. Informar consiste en trasladar información. Comunicar implica procurar que quien la recibe la comprenda, pueda interpretarla adecuadamente y disponga, cuando resulte necesario, de la posibilidad de preguntar o responder. La comunicación necesita retorno, pero también contexto, oportunidad y empatía.

No hablamos, por tanto, de una habilidad accesoria. Hablamos de una práctica transversal que influye tanto en la experiencia de las personas como en la manera en que el trabajo se desarrolla.

  1. La comunicación construye experiencia organizacional

Una organización no es solo una estructura, un organigrama o un conjunto de procedimientos. Una organización son personas relacionándose con otras personas para alcanzar un objetivo común. Y la comunicación está prácticamente en todo: en cómo se explica una prioridad, cómo se introduce un cambio, cómo se reconoce un trabajo bien hecho, cómo se corrige un error o cómo se comunica una oportunidad.

También está en los silencios. Cuando falta información, tendemos a completar los vacíos con interpretaciones propias. Eso no significa que la solución sea comunicarlo todo. Una organización madura debe proporcionar información suficiente, relevante y proporcionada, evitando tanto la incertidumbre innecesaria como la sobrecarga informativa.

Comunicar tampoco significa convertir cada decisión en un debate. Las organizaciones necesitan decidir y, en determinados contextos, hacerlo con rapidez. La bidireccionalidad no implica consensuarlo todo, sino permitir que el mensaje pueda comprenderse y que, cuando proceda, exista un canal razonable para preguntar, aclarar o aportar información.

Tampoco existe un único canal correcto. Una conversación puede ser necesaria en determinadas situaciones, mientras que un correo o una comunicación asíncrona pueden ser excelentes herramientas si son claros, oportunos y adecuados al destinatario. Comunicar bien no significa multiplicar reuniones, sino elegir conscientemente cómo lograr que el mensaje llegue y cumpla su función.

En ese proceso se construye percepción. Cada interacción nos dice algo sobre la organización: si existe coherencia, si podemos confiar, si se escucha, si los errores se reconocen y si aquello que se proclama como valor se manifiesta después en la práctica.

  1. Liderazgo, cultura y gobernanza se encuentran al comunicar

La calidad de la comunicación no depende únicamente de las habilidades personales de quien transmite un mensaje. Está condicionada por la forma en que se lidera, por la cultura existente y por cómo se gobiernan los procesos.

El liderazgo marca buena parte del tono. Quien dirige comunica cuando explica una decisión, pero también cuando escucha, reconoce un trabajo bien hecho, ofrece feedback o admite que algo podría haberse gestionado mejor.

Esto último resulta especialmente relevante. Las organizaciones se equivocan porque las personas que las forman también lo hacen. La diferencia no está en aspirar a la infalibilidad, sino en qué sucede después: negar, minimizar o justificar; o escuchar, explicar, reconocer y aprender.

Ese comportamiento enseña. Cuando escuchar, preguntar o rectificar forman parte de la práctica habitual, terminan legitimándose y convirtiéndose en cultura. Y esa cultura determina qué sucede cuando alguien discrepa, plantea una duda o advierte de un problema.

Junto al liderazgo y la cultura aparece la gobernanza. Una buena comunicación no puede depender exclusivamente de la sensibilidad de quien tenga que transmitir una decisión. Deben existir criterios sobre quién comunica, a quién, cuándo, por qué canal y qué posibilidad de retorno necesita cada situación. No requiere la misma información quien observa un proceso desde fuera que quien está directamente afectado por él.

Por eso la comunicación es uno de los lugares donde liderazgo, cultura y gobernanza se encuentran y se hacen visibles. Pero la relación funciona también en sentido contrario: las prácticas comunicativas repetidas pueden reforzar o transformar esas mismas formas de liderar, relacionarnos y gobernar.

La comunicación no solo refleja la organización. También contribuye a construirla.

  1. Comunicar bien también facilita trabajar bien

Desde la prevención de riesgos laborales esta cuestión tiene una relevancia directa. La Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo relaciona los riesgos psicosociales con aspectos como la comunicación ineficaz, la falta de participación, una gestión deficiente de los cambios o la ausencia de apoyo de la dirección. La UNE-ISO 45003:2021 incorpora igualmente estas cuestiones a la gestión de los riesgos psicosociales.

Esto no significa atribuir a la comunicación capacidades que no tiene. Ningún mensaje empático compensará una plantilla insuficiente, una carga de trabajo excesiva o una mala organización de tareas. La comunicación no puede utilizarse como maquillaje de problemas estructurales ni sustituir la actuación preventiva sobre el origen del riesgo.

Su valor está en evitar que a esos problemas se añadan fricciones innecesarias.

La claridad disminuye incertidumbre. Una explicación facilita la comprensión. Poder preguntar reduce interpretaciones erróneas. Recibir feedback permite corregir antes. Conocer prioridades evita esfuerzos contradictorios. Y disponer de canales donde los problemas puedan aparecer antes de agravarse mejora la capacidad de respuesta de la organización.

La comunicación, por tanto, no solo afecta al bienestar. También afecta al trabajo. Equipos que comprenden qué deben hacer, por qué deben hacerlo y dónde pueden plantear dudas coordinan mejor sus esfuerzos y consumen menos energía interpretando silencios o gestionando conflictos evitables.

Además, esas experiencias se acumulan. Cómo se agradece un esfuerzo, cómo se explica un cambio, cómo se recibe una propuesta o cómo se responde cuando alguien advierte de que algo no funciona va construyendo confianza, compromiso y sentido de pertenencia.

Ahí aparece también la retención del talento. No porque alguien permanezca únicamente porque se comunique bien, sino porque resulta difícil construir una vinculación sólida allí donde las personas sienten que no son escuchadas, reconocidas o tenidas en cuenta.

Comunicar para construir mejores organizaciones

Cuando pensamos en organizaciones excelentes solemos imaginar buenos procesos, profesionales competentes, tecnología, innovación y resultados. Todo ello es necesario. Pero las organizaciones siguen estando formadas por personas que necesitan entenderse entre sí.

Y quizá por eso una parte de la excelencia organizacional se juega en algo aparentemente tan sencillo como comunicar bien: explicar y escuchar, coordinar y reconocer, corregir y celebrar.

No siempre hacen falta grandes planes ni protocolos que conviertan la empatía en un checklist. A veces basta con preguntarnos antes de comunicar: ¿qué necesita saber esta persona?, ¿comprenderá realmente lo que quiero transmitir?, ¿es este el momento y el canal adecuados?, ¿necesita poder preguntarme algo después?

Ese pequeño cambio de perspectiva deja de poner el foco únicamente en aquello que queremos decir e incorpora también a quien va a recibirlo.

Ahí aparece el verdadero valor estratégico de la comunicación.

Comunicar bien no significa hacer agradables todas las decisiones ni justificar permanentemente cada actuación. Significa crear las condiciones para que las personas puedan comprender, confiar y desarrollar su trabajo con la menor fricción innecesaria posible.

Y cuando eso ocurre, la comunicación mejora el clima laboral, facilita la coordinación, fortalece el liderazgo, construye cultura, favorece el compromiso y contribuye al bienestar.

Comunicar bien no es simplemente informar mejor. Es una manera de construir mejores organizaciones. Y, también, una manera de prevenir.

Referencias clave

Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo. Riesgos psicosociales y salud mental en el trabajo. EU-OSHA.

Colquitt, J. A. (2001). On the dimensionality of organizational justice: A construct validation of a measure. Journal of Applied Psychology, 86(3), 386-400.

UNE. (2021). UNE-ISO 45003:2021. Gestión de la seguridad y salud en el trabajo. Seguridad y salud psicológicas en el trabajo. Directrices para la gestión de los riesgos psicosociales.

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