
Natàlia Gimferrer – Técnica de promoción de la salud en MC MUTUAL, enfermera, nutricionista, tecnóloga de los alimentos y health coach
La posibilidad de adaptar la alimentación a partir de la información genética ha despertado un gran interés en los últimos años. Los test genéticos prometen identificar qué alimentos nos sientan mejor, cuáles conviene limitar y cómo optimizar nuestra dieta según el ADN. Pero, ¿hasta qué punto estas recomendaciones están respaldadas por la evidencia científica?
Nutrigenómica y nutrigenética
En los últimos años ha ganado fuerza la nutrigenómica, un campo científico que estudia cómo los nutrientes interactúan con nuestros genes. La idea parte de que no todas las personas reaccionan igual ante los mismos alimentos y que una parte de esa diferencia está escrita en el ADN. Esta revisión muestra cómo la dieta puede influir directamente en la expresión de los genes y en procesos relacionados con la salud y la enfermedad.
Su disciplina hermana, la nutrigenética, recorre el camino inverso: analiza cómo nuestras variaciones genéticas influyen en la forma en que metabolizamos los nutrientes. Juntas, ambas disciplinas ayudan a comprender mejor la relación entre genes y alimentación, aunque todavía quedan muchas preguntas por responder.
Cuando los genes sí marcan la diferencia
Existen algunos casos en los que la influencia de la genética sobre la alimentación está claramente demostrada. El ejemplo más conocido es la intolerancia a la lactosa. Una variante genética permite que algunas personas sigan produciendo lactasa, la enzima que digiere la lactosa, en la edad adulta; quienes no la tienen dejan de producirla de forma natural tras la infancia. Eso explica por qué el mismo vaso de leche puede sentar bien a una persona y provocar molestias a otra.
Otro ejemplo muy estudiado es el de la cafeína. El gen CYP1A2 determina la velocidad a la que la procesamos. Hay “metabolizadores rápidos” y “metabolizadores lentos”, y esta diferencia es importante: un estudio observó que el consumo de 4 o más tazas de café se asociaba a mayor riesgo de infarto de miocardio no fatal solo entre quienes tenían un metabolismo de la cafeína más lento.
Aunque estos ejemplos cuentan con una sólida base científica, representan situaciones en las que un solo gen tiene un efecto claro y medible. La mayoría de situaciones son mucho más complejas.
Pero… no somos solo nuestros genes
Sin embargo, la relación entre genética y alimentación es mucho más compleja de lo que a veces se transmite. La mayor parte de los aspectos relacionados con la nutrición (peso corporal, metabolismo, riesgo de enfermedades crónicas, entre otros) no dependen de un solo gen, sino de cientos o miles de variantes que interactúan entre sí. Y, sobre todo, dependen del entorno, es decir, la alimentación habitual, la actividad física, el sueño, el estrés o el entorno social.
Un estudio sobre nutrición personalizada en el ámbito deportivo señala que la respuesta individual a los alimentos varía entre personas, y que el perfil genético debe interpretarse junto con otros factores como el sexo, la edad, la composición corporal, el estado de salud, los antecedentes familiares y el nivel socioeconómico.
La creciente disponibilidad de test genéticos para personalizar la alimentación ha generado grandes expectativas. Sin embargo, la evidencia científica disponible todavía no respalda su uso como herramienta principal para tomar decisiones dietéticas. Un ensayo aleatorizado de 2025 sobre el consumo de cafeína encontró que añadir información genética a un consejo de nutrición personalizada no producía una reducción mayor del consumo de cafeína que el mismo consejo sin esa información.
No es que la genética no influya, sino que todavía no sabemos lo suficiente como para convertirla en la base principal de una dieta personalizada. Por el momento, la información genética debe interpretarse junto con muchos otros factores que también influyen en la salud y la alimentación.
Entonces, ¿qué podemos llevarnos de todo esto?
La idea de comer según tu ADN no es un mito, pero tampoco es la revolución que a veces se promete. La ciencia avanza a buen ritmo y el futuro de la nutrición probablemente sí será más personalizado. Sin embargo, esa personalización no dependerá solo de los genes, también incorporará otros factores como la microbiota intestinal, los biomarcadores metabólicos, los hábitos de vida o los factores psicosociales.
Al final, todo se reduce a lo de siempre: una dieta equilibrada, variada y sostenible en el tiempo sigue siendo la mejor estrategia para cuidar la salud. Porque la mejor dieta no es la que dicta nuestro ADN, sino la que podemos mantener en nuestro día a día.















