
Hablar de ruido en el trabajo no es hablar solo de decibelios. Es hablar de método. Y ahí es donde sigue fallando una parte importante de la práctica preventiva: se mide, sí, pero no siempre se mide de forma representativa. La NTP 270 ya ponía el foco en esta cuestión al señalar que el objetivo de la evaluación no es acumular lecturas aisladas, sino determinar un nivel continuo equivalente ponderado A representativo de la exposición real, junto con el nivel de pico, a partir del estudio del puesto, de las fuentes emisoras y del ciclo de trabajo.
Ese planteamiento sigue siendo plenamente útil, aunque conviene decirlo con claridad: el marco normativo de referencia hoy no es el ya citado Real Decreto 1316/1989 de la NTP, sino el Real Decreto 286/2006, desarrollado y aclarado por la Guía Técnica del INSST, actualizada en 2022. Esta norma exige que los riesgos por ruido se eliminen en su origen o se reduzcan al nivel más bajo posible, y que la evaluación permita determinar el LAeq,d, el nivel de pico y, cuando proceda, el LAeq,s.
La principal aportación técnica de la NTP 270 es recordar algo básico y a menudo olvidado: no todos los ruidos se evalúan igual. El documento diferencia entre ruido estable, periódico, aleatorio y de impacto, y asocia a cada situación una estrategia de medición distinta. En ruido estable, un sonómetro puede ser suficiente; en ruido periódico o aleatorio, cobran protagonismo los sonómetros integradores-promediadores o los dosímetros; y en ruido de impacto, la clave es captar correctamente el nivel de pico. La idea de fondo es impecable: no sirve aplicar un protocolo simple a una exposición compleja.
Además, la NTP acierta cuando insiste en el estudio previo del puesto. Identificar tareas, tiempos, subciclos y fuentes generadoras permite construir exposiciones representativas y, en algunos casos, formar grupos homogéneos. Ese paso previo no es burocracia: es lo que separa una evaluación útil de una medición decorativa. En la práctica, muchas evaluaciones de ruido fracasan precisamente porque no analizan cómo trabaja realmente la persona, sino cómo imaginamos que trabaja.
Otro aspecto especialmente valioso es la introducción del muestreo aleatorio y de la estimación estadística con intervalo de confianza para situaciones con variabilidad entre ciclos. La NTP no se conforma con “medir varias veces”; obliga a preguntarse si el número de muestras es suficiente y si la incertidumbre es aceptable. Incluso advierte que, si el error supera 2 dBA, deben repetirse mediciones. Esta lógica encaja con el enfoque actual del INSST, que insiste en considerar la incertidumbre de medida, rara vez inferior a 1 dB y con frecuencia cercana a 2 dB.
En términos preventivos, la conclusión es clara: una empresa no debería conformarse con saber que “hay ruido”. Debe saber cuándo, cómo, durante cuánto tiempo y con qué variabilidad se produce la exposición. Solo así podrá decidir medidas eficaces: control en origen, rediseño del proceso, cerramientos, mantenimiento, aislamiento, organización de tareas o selección correcta de protectores auditivos. Y aquí conviene otra precisión importante: los valores legales de referencia del RD 286/2006 no sustituyen la necesidad de actuar técnicamente sobre el foco emisor; la protección auditiva no puede convertirse en la coartada para no intervenir sobre el proceso.
La lección que deja la NTP 270 es todavía vigente: medir ruido no es poner un aparato, sino entender una exposición. Quien simplifica ese proceso corre el riesgo de obtener un dato aparente, pero no una evaluación válida. Y en ruido laboral, una mala evaluación no es un error menor: es el primer paso hacia una prevención ineficaz.














