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El ruido no afecta a todos por igual: concentración, memoria de trabajo y sensibilidad individual

Antonio_Cano_Vindel

El ruido en el trabajo suele abordarse desde una perspectiva clásica: la exposición a niveles elevados, el posible daño auditivo y la necesidad de medidas técnicas, organizativas y de protección. Esta mirada sigue siendo imprescindible, pero resulta incompleta si olvidamos otra dimensión cada vez más relevante en muchos entornos laborales: el impacto del ruido sobre la concentración, la memoria de trabajo, la carga mental y la percepción de molestia.

En oficinas abiertas, centros de atención telefónica, aulas, laboratorios, salas de control, puestos administrativos, espacios sanitarios o entornos compartidos, el problema no siempre está en superar un determinado nivel de decibelios. A veces, el ruido no es peligroso desde el punto de vista auditivo, pero sí puede ser disruptivo desde el punto de vista cognitivo. Interrumpe, distrae, obliga a hacer un esfuerzo adicional y puede afectar al rendimiento en tareas que requieren atención sostenida.

Un estudio publicado en la revista Noise & Health, titulado Effects of Noise Type and Noise Sensitivity on Working Memory and Noise Annoyance, analizó precisamente cómo distintos tipos de ruido y la sensibilidad individual al ruido influyen en la memoria de trabajo y en la molestia percibida. La investigación fue realizada por Chen Song, Hongqidi Li, Huirui Ma, Tao Han y Jianping Wu, y comparó tres condiciones: silencio, ruido de tráfico y ruido del habla.

El interés preventivo del estudio está en que no se limita a preguntar si el ruido molesta. Analiza también cómo afecta a una tarea cognitiva concreta: la memoria de trabajo. Esta capacidad permite mantener y manipular información durante un breve periodo de tiempo, y es fundamental para leer, escribir, calcular, tomar decisiones, seguir instrucciones, resolver problemas o mantener la atención mientras se realiza una tarea.

La investigación se realizó con estudiantes universitarios, divididos en dos grupos según su sensibilidad al ruido: alta y baja. Posteriormente, los participantes realizaron una tarea de memoria de trabajo bajo tres condiciones acústicas: silencio, ruido de tráfico y ruido del habla. Los sonidos de tráfico y habla se presentaron a 70 dB, mientras que la condición de silencio mantenía un ruido de fondo aproximado de 35 dB.

Los resultados muestran una idea clave para la prevención: el ruido no afecta a todos por igual. Las personas con mayor sensibilidad al ruido tuvieron más dificultades en determinadas condiciones acústicas y experimentaron mayor molestia subjetiva. Además, el tipo de ruido también importó. La precisión en la tarea de memoria de trabajo fue mayor en silencio, menor con ruido de tráfico y todavía menor con ruido del habla.

Este dato es especialmente relevante para los espacios de trabajo actuales. El ruido del habla puede ser muy interferente aunque no sea el más intenso. Una conversación cercana, una llamada telefónica, una reunión improvisada o varias voces superpuestas pueden captar la atención de forma involuntaria. El cerebro procesa automáticamente el lenguaje, especialmente cuando el contenido es comprensible, cambiante o significativo. Por eso, una conversación ajena puede dificultar más la concentración que otros ruidos más constantes o menos informativos.

El propio estudio señala que el ruido del habla puede interferir en las tareas cognitivas porque es significativo, porque se parece a los estímulos de la tarea o porque sus cambios de ritmo dificultan el rendimiento. Esta explicación resulta muy trasladable a contextos laborales donde las personas deben trabajar en espacios compartidos mientras escuchan conversaciones que no forman parte de su actividad.

También resulta destacable la relación entre ruido y molestia percibida. El estudio utilizó una escala basada en la norma ISO/TS 15666 para valorar cuánto molestaba el ruido durante la tarea. Los resultados mostraron que las personas con alta sensibilidad al ruido puntuaban más alto en molestia, tanto con ruido de tráfico como con ruido del habla, siendo este último el que generaba mayor nivel de molestia.

Desde una perspectiva preventiva, esto obliga a tener cuidado con una interpretación demasiado simplista del ruido. No todo se resuelve midiendo decibelios. La intensidad sonora es fundamental, pero también lo son la naturaleza del sonido, su imprevisibilidad, su significado, la tarea que se está realizando y las características de la persona expuesta.

En trabajos de alta demanda cognitiva, el ruido puede actuar como un factor de carga mental. El trabajador no solo tiene que ejecutar la tarea, sino también inhibir estímulos irrelevantes, recuperar la concentración tras cada interrupción y sostener el rendimiento en un entorno que compite por su atención. Esto puede traducirse en más fatiga, más irritabilidad, mayor sensación de esfuerzo y, en determinados casos, más errores.

La sensibilidad individual al ruido tampoco debería interpretarse como una cuestión menor o subjetiva sin relevancia preventiva. El estudio encontró que la sensibilidad al ruido se relacionaba positivamente con el neuroticismo y negativamente con la responsabilidad o escrupulosidad, lo que confirma que existen diferencias personales en la forma de percibir y afrontar los estímulos acústicos.

Ahora bien, conviene ser rigurosos. Este estudio no permite afirmar que todos los entornos laborales vayan a reproducir exactamente los mismos resultados. Sus autores reconocen limitaciones importantes: las medidas fueron en parte autoinformadas, los datos procedían de estudiantes universitarios y el experimento se desarrolló en condiciones artificiales, por lo que los resultados deberían verificarse en situaciones reales.

Esta prudencia es importante. No estamos ante una investigación que permita establecer conclusiones definitivas sobre todos los puestos de trabajo. Pero sí aporta una evidencia útil para reforzar una idea preventiva cada vez más necesaria: el ruido debe evaluarse también por su impacto funcional, no solo por su potencial de daño auditivo.

En la práctica, esto tiene consecuencias claras. Una empresa puede cumplir con los límites legales de exposición al ruido y, aun así, tener espacios acústicamente mal diseñados para tareas de concentración. Puede no existir riesgo de hipoacusia y, sin embargo, sí existir un problema de interferencia cognitiva, malestar, pérdida de rendimiento o fatiga mental.

Por ello, la gestión preventiva del ruido debería incorporar preguntas más amplias: ¿qué tareas requieren concentración?, ¿qué zonas generan conversaciones frecuentes?, ¿existen espacios silenciosos para trabajos que exigen atención?, ¿se concentran llamadas, reuniones y tareas individuales en el mismo lugar?, ¿se pregunta a los trabajadores por la molestia acústica?, ¿se tienen en cuenta diferencias individuales en sensibilidad al ruido?

Las medidas preventivas no tienen por qué ser complejas. Pueden incluir una mejor zonificación de los espacios, separación entre áreas de concentración y áreas de comunicación, reducción de conversaciones informales en zonas de trabajo profundo, materiales absorbentes, cabinas para llamadas, salas silenciosas, normas básicas de convivencia acústica, planificación de reuniones y diseño ergonómico de los puestos.

También es necesario revisar críticamente determinadas modas organizativas. Las oficinas abiertas pueden facilitar la comunicación, pero si no se gestionan bien pueden convertirse en espacios de interrupción permanente. No todas las tareas son compatibles con el mismo ambiente sonoro. Una llamada comercial, una reunión de equipo, una tarea de análisis, una revisión documental o una actividad creativa tienen necesidades acústicas diferentes.

El ruido laboral, por tanto, debe entenderse desde una visión más amplia. No es solo un agente físico capaz de producir daño auditivo. También puede ser un factor ambiental que influye en la atención, la memoria, el bienestar y la calidad del trabajo. Esta dimensión cobra especial importancia en una economía donde muchas tareas dependen cada vez más del procesamiento de información, la toma de decisiones y la concentración.

La conclusión preventiva es clara: el confort acústico también forma parte de la salud laboral. Medir el ruido es necesario, pero escuchar cómo se vive ese ruido en el trabajo también lo es. Porque el mismo sonido no afecta igual a todas las personas, ni tiene el mismo impacto en todas las tareas.

El reto para las organizaciones no es eliminar cualquier sonido, sino diseñar entornos de trabajo acústicamente más inteligentes. Espacios que permitan comunicarse cuando sea necesario, pero también concentrarse cuando la tarea lo exige. Espacios que no obliguen a trabajar permanentemente contra el ruido. Espacios que entiendan que la prevención no solo protege el oído, sino también la atención, el bienestar y la calidad del trabajo.

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