
Como Sísifo, que fue condenado por los dioses a la tarea interminable e inútil de empujar una piedra cuesta arriba solo para que esta rodara de nuevo hacia abajo una y otra vez, muchos trabajadores se sienten atrapados en un ciclo de trabajo interminable y agotador donde el esfuerzo parece inútil y el progreso ilusorio. Este fenómeno, conocido como “sisifemia“, lleva al trabajador a sentir que no hay un propósito claro, que nada de lo que haga es suficiente, y que por mucho que uno se esfuerce es imposible alcanzar los objetivos o ver un resultado significativo en su trabajo. Profesionales de todo tipo pueden sentirse atrapados en estos trabajos, especialmente aquellos cuyas funciones implican una alta carga mental, responsabilidad y toma de decisiones.
Las empresas, en su afán incansable por mejorar su eficiencia y productividad, pueden crear sin quererlo estos “entornos sisifémicos“. La mejora de los procesos de trabajo, las políticas de incentivos a la productividad y la reducción de costes pueden llevar fácilmente a la escasez de recursos y plantillas ajustadas, a objetivos inalcanzables y a precariedad laboral.
La necesidad de responder a estas elevadas demandas tiene un coste importante para la salud mental de los trabajadores, al exponerlos a trabajos extenuantes y a una dedicación laboral que va más allá de sus jornadas de trabajo. Esta realidad se ve exacerbada en el contexto actual de permanente conectividad, donde la falta de desconexión y de límites claros entre el trabajo y la vida personal puede llevar a una sensación de estar siempre “conectado” al trabajo.
Estos entornos de trabajo sisifémicos encuentran un aliado inesperado en aquellos empleados cuyo nivel de autoexigencia y perfeccionismo les impulsa a creer que nada de lo que hacen es suficiente. Este error cognitivo, conocido como dismorfia de productividad, se caracteriza por sentimientos habituales de frustración con respecto a su trabajo y a la creencia de no ser suficientemente productivos, a pesar de estar haciendo todo lo posible en su trabajo. Este sentimiento distorsionado de la realidad laboral puede llevarles a una obsesión por hacer más, incluso sacrificando su vida personal y su propia salud mental. El precio a pagar para estas personas puede ser muy alto. El estrés crónico en el que viven puede terminar en un síndrome de desgaste ocupacional (burnout) caracterizado por sensaciones de agotamiento o falta de energía; actitudes de desapego, indiferencia o cinismo hacia el trabajo, y la sensación de ineficacia y falta de realización personal en el trabajo.
A modo de ejemplo, para ilustrar como la sobrecarga de trabajo en una persona con elevados niveles de autoexigencia puede desencadenar un problema de salud mental grave, valga la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía de 2017 (Rec. 1607/2016) en la que el tribunal llegó a la conclusión de que el trastorno depresivo de una trabajadora fue consecuencia de “haber sido esta sometida a una situación permanente de exceso de autoexigencia y responsabilidad aprovechada por la empresa para mantener una adecuada gestión de sus servicios, que condujo, tras muchos años de intensidad, y en un momento de cambios organizativos, a una situación de burnout. Así lo evidenciaron varios procesos de incapacidad previa por estrés, lo que viene a casar adecuadamente con el tipo de trabajo intenso y de gran responsabilidad al que se sometía, y en la forma en que ella lo llevaba a cabo”.
RECONOCER EN UNO MISMO LA DISMORFIA DE PRODUCTIVIDAD
Reconocer que uno se está exigiendo demasiado puede ser difícil. Tomarse un momento para parar y reflexionar sobre los hábitos y actitudes hacia el trabajo y la vida en general, puede ayudar, como también tratar de comprender la relación entre exigirse demasiado y las vivencia de estrés y tensión constante. Tomar conciencia de todo ello es el primer paso para empezar a establecer límites saludables y cuidarse.
La presencia de alguna de estas señales puede hacernos sospechar que estamos siendo demasiado autoexigentes:
- Sensación constante de agobio o ansiedad. Sentirse constantemente estresado, ansioso o abrumado por la cantidad de tareas y responsabilidades que uno tiene.
- Autoexigencia irracional. Imponerse metas y expectativas poco realistas, y autoexigirse un mayor desempeño para lograr el éxito y la perfección, sin importar el costo emocional o físico.
- Sentimientos de insatisfacción. A pesar de los logros y esfuerzos, sentirse permanentemente insatisfecho con el rendimiento y los resultados obtenidos.
- Dificultad para desconectar. Necesidad de estar constantemente ocupado para sentirse productivo o valioso. Sentir aversión a “perder el tiempo”.
- Negligencia del autocuidado. Descuidar el bienestar físico, emocional y social en aras de alcanzar los objetivos, por ejemplo, no dormir las horas necesarias, no dedicarle el tiempo y atención a la comida, o no hacer ejercicio.
- Dificultad para delegar. Desconfiar de la capacidad de los demás para realizar la tarea. Sentir que uno debe hacer las cosas por sí mismo para que el trabajo salga bien.
Más allá de la responsabilidad individual de cuidar cada uno de su propio bienestar, no hay que olvidar que las empresas tienen la responsabilidad legal de asegurar unas correctas condiciones de trabajo, evaluando la presencia de riesgos psicosociales en la organización e implementando las medidas oportunas para adaptar las exigencias de trabajo a la capacidad de los trabajadores, fomentar la desconexión digital, garantizar un equilibrio saludable entre la vida laboral y personal de los empleados y promover en general la salud mental, ofreciendo apoyo psicológico a los empleados que lo necesiten.
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